Guardamos con especial esmero un ejemplar del librito que Juan Antonio Lecuona, "Gale", escribió en 1951. Lo tituló "Batalla y Alarde de San Marcial" y está dedicado al general Eusebio Pedrós.

La primera parte del mismo se refiere a la batalla de 1522. Reproduce luego las Ordenanzas del Alarde, vigentes desde 1944 y a continuación detalla, paso a paso, un día de San Marcial a finales de los años cuarenta.

Mucho ha cambiado nuestro Alarde desde entonces. De aquellas Ordenanzas nos llaman la atención determinados artículos. Concretamente el 4º, en el que se dice que las compañías se detendrán ante la columna de San Juan para efectuar las descargas. (Entonces no se entraba en la plaza). En los siguiente puntos se recoge también que, los Capitanes serán nombrados por el General, que el número de soldados por Compañía será de treinta como mínimo y cincuenta como máximo, que la edad mínima para desfilar sea de 17 años.

En cuanto a la música se establece que el número de tambores por Compañía no podrá exceder de cuatro, y que no se tolerarán otros instrumentos, como el acordeón, que pudieran desvirtuar el Alarde.

La edad de las cantineras no podía exceder de 30 años y solamente podrían desfilar durante dos años consecutivos. Un detalle curioso el del color del corpiño, que podía ser negro o rojo oscuro.

De otro de los apartados del librito, he aquí algunos apuntes de lo que "Gale" refiere como una jornada de San Marcial de aquellos años. Cuenta que, a partir de las siete de la mañana, el cornetín de órdenes tocaba  llamada en distintos puntos de la población  y que el número de cartuchos facilitados a cada soldado era de ocho.

Llegada la tropa a la plaza de San Juan, el soldado encargado de portar la bandera subía al salón principal del Ayuntamiento y bajaba sin pérdida de tiempo acompañando al concejal que conducía la bandera hasta los soportales.

El desfile de la mañana se deshacía ante la ermita de Sta. Elena, donde se depositaban las banderas y estandartes. También el párroco y los sacerdotes que procesionaban en el Alarde,  dejaban allí la capa y las pellices, para continuar a pie hasta la ermita de San Marcial donde tenía lugar la misa. Terminada ésta, se distribuía entre la tropa una peseta por individuo, y antes del almuerzo en las campas del monte, los soldados dejaban las armas ordenadamente apoyadas junto a uno de los muros de la ermita, donde quedaban custodiadas para evitar cualquier incidente desagradable durante la comida. El General y sus ayudantes, junto con las autoridades eclesiásticas, civiles y militares comían en la casa aneja a la ermita.

Terminado el desfile por la tarde, las Compañías de Fuenterrabía que entonces tomaban parte en el Alarde, se despedían efectuando tres descargas frente al domicilio del General. El resto de las Compañías locales acompañaban a sus respectivas cantineras hasta su vivienda donde tenía lugar una última descarga.

 El librito en cuestión, de unas 50 páginas,  se vendía al módico precio de 4 pta. Una joyita.


Foto: Año 1935. Compañía del Barrio de Anaka. La cantinera es Aurori Iñarra. Le acompañan un txilibito y un tambor. Los soldados, en filas de a dos,  con pañuelo al cuello, algunos sin corbata, y el color de las chaquetas de lo más variado.


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