No es la primera vez que combinamos pasado y presente en uno de nuestros modestos trabajos. Lo que sigue es una serie de apuntes tomados del Archivo Municipal de Irun, toscamente hilvanados, sin otra pretensión que la de mostrar algunos aspectos de la vida del viejo Irun, sus barrios, sus costumbres y sus gentes.

 

Se llamaba Theresa de Aguirre y al parecer vivió en el término de Anaka a mediados del siglo XVIII.  Fue una de aquellas seroras que prestaban su servicio en la Iglesia Parroquial o en alguna las diferentes ermitas del viejo Irun.

Para definir las funciones e importancia de las seroras, hemos recurrido al blog de Josefa Mª  Setién:  "La figura de la serora  fue importante dentro de la Iglesia hasta el siglo XIX. Soltera, salvo raras excepciones; no inferior a cuarenta años y de conducta irreprochable, era como una monja solitaria, dedicada al culto. Vivía en un pequeño habitáculo, anejo a la iglesia o ermita. Elegida por el alcalde, jurados y vecinos de la localidad , recibía de los patronos de la iglesia el nombramiento y título que como tal la acreditaban. Al ingresar debía de aportar una dote en metálico y ello le daba derecho a percibir una porción o participación en las ofrendas de los entierros, bautizos, matrimonios y otros ingresos, como los clérigos de los cabildos parroquiales. Su labor consistía sobre todo en mantener perfectamente la Iglesia, su limpieza, cuidar la luminaria del Santísimo , los ornamentos sagrados, el ajuar litúrgico y las sepulturas del interior de la iglesia . Su salario dependía de la importancia de la iglesia o población donde ejercía su oficio, ya que las seroras de ermitas vivían prácticamente de limosnas que les daban los feligreses, muchas veces en grano."

 

En cuanto a los antiguos sacristanes, sus cometidos eran varios y en ocasiones no exentos de riesgo.  En Irun, en 1814, Manuel de Murguia fue felicitado por su actuación "frente al pillaje del enemigo escondiendo la plata". En uno de los libros de actas  de 1821, se da cuenta de cómo unos individuos "obligaron al sacristán a tocar las campanas a fuego". No solo se utilizaban las campanas para las llamadas de iglesia, también para los avisos de tempestad, incendios o toques de queda. Estos y otros detalles aparecen recogidos en las anotaciones en los libros de actas municipales.

 

Al igual que a las seroras, a los sacristanes les era exigido aspecto y conducta irreprochables. Siempre hubo excepciones. En 1655 se obligó al sacristán Juan de Ureta a que llevara sotana y se cortara las "guedejas" (pelo largo y desaliñado)

Esta práctica seguía vigente en 1828, cuando el ayuntamiento insta al sacristán Manuel de Murguia a que "modere su comportamiento durante los oficios religiosos"  y al que años más tarde se le amonesta "por su afición al vino y su conducta escandalosa dentro de la Iglesia".

Pero lo habitual era que los sacristanes fueran personas responsables y cultivadas. Algunos de ellos fueron también organistas. Eran además custodios de donaciones en forma de objetos valiosos, de alhajas de oro y plata y de las llaves de la iglesia.

 

Las disputas entre sacristanes y seroras eran habituales, tal vez fuera porque los primeros tenían un sueldo del ayuntamiento. El de la iglesia parroquial de Irun en 1742, Juan Bautista Azconobieta, tenía un sueldo de cien reales de plata anuales.

 

Volviendo a nuestra serora, Theresa de Aguirre, sabemos también de las desavenencias  con su sacristán, que fueron múltiples entre 1752 y 1767, unas veces por el carbón del incensario, por el cuidado del Cristo o por otras nimiedades.

Las mutuas denuncias hicieron que en 1758 interviniera el ayuntamiento para determinar las funciones de cada uno. En 1793 se decidió agregar el empleo de serora al de sacristán. Finalmente, en 1882,  el sacristán de la parroquia dejó de depender del Ayuntamiento.

 


Aquel sacristán de sotana y el modelo de serora anteriormente definido, hace bastantes años que desaparecieron, pero en nuestras iglesias de Irun hay muchas mujeres y hombres que rememoran aquella tarea, adecuándose a los tiempos, con cometidos de muy variada responsabilidad en casi todas las parroquias de nuestra ciudad.

Paquita Marín Caballero lleva treinta y cinco años colaborando en la Parroquia de Anaka. Comenzó su labor en 1975, como ella dice "desde que pusieron la primera piedra" en el grupo de pastoral de salud, y hay sigue, implicada en la acción social que dirige el párroco Juan Bautista Sarasolala,  y que alcanza a todos los sectores de nuestra sociedad, desde los más pequeños hasta los ancianos, haciendo especial hincapié en los que, en estos momentos de crisis, mayor atención necesitan, tanto espiritual como material.

Aunque es la más veterana, Paquita se define como " una más del grupo de voluntarios que colaboran en acciones pastorales y en otros cometidos, en la Parroquia San Juan El Bautista de Anaka".

 

Sirvan estas líneas de merecido reconocimiento a todas estas personas  que como Paquita, de forma desinteresada, entregan su tiempo y su esfuerzo al servicio de los demás.

 


30 enero 2015

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